



Se destapan los ojos de la bestia
y de su mirada, atemporal y acusadora
se expande la púrpura luz que domina los océanos insondables.
Al final del camino del sendero conocido
en el arco de las columnas de Melkart
puedo observar a mi triste figura precipitarse desde lo alto.
Chronos dicta sentencia;
y comienzo a incendiarme de visiones orgiásticas, voluptuosas y terribles
—¿es este el tiempo de los hombres?—, inquiero.
El espíritu —es verdad— desea regresar a vivenciar toda experiencia humana con la suma de sus pequeñas tragedias.
Pero la percepción grávida —que momentos atrás parecía que todo lo abarcaba—, por fortuna,
es transmutada en algo finito y despreciable.
Entonces los sueños arcanos abren los pliegues del cuerpo
y el horrido hedor a carne abrasada por holókasuton se abalanza sobre los sentidos:
El umbral en llamas se contrae
se retuerce como una serpiente y se dilata:
El viejo mundo conocido recobra su color.
El Bardo vuelve a ser una experiencia lejana
y los ojos del Dragón que surca los océanos
toma el cáliz de un hogar al que quiero regresar.






"Todo lo que ocurre cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza"


"Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender"




